RAW son los ingredientes. JPEG es el plato ya cocinado. Una analogía sobre por qué prefiero decidir yo cómo cocinar mis fotografías.

Yo lo tengo claro.
Lo primero es lo primero.
Aunque tampoco nos engañemos: alguna vez se puede tirar de algo preparado. Es rápido, cómodo y, coño, hay cosas que están buenísimas.
Pero yo soy de cocinar. Producto fresco, crudo y al fogón.
Primero porque sé lo que estoy comiendo y, segundo, porque soy yo quien decide: los ingredientes, las cantidades, el punto de cocción y cómo quiero que sepa el plato.
Con la comida procesada, alguien ya ha tomado parte de esas decisiones por mí.
Y ahora pensaréis:
¿Y qué tiene que ver esto con la fotografía?
Pues mucho.
RAW son los ingredientes. JPEG es el plato ya cocinado.
Cuando fotografío en RAW tengo delante la materia prima. Puedo decidir las luces, las sombras, el color, el contraste, el balance de blancos… y, sobre todo, decidir cómo quiero interpretar aquella fotografía.
Con un JPEG, la cámara ya ha cocinado parte de todo eso por mí.
Y ojo, puede cocinarlo estupendamente. Las cámaras actuales generan JPEG magníficos.
Pero hay una diferencia fundamental:
esas decisiones no las he tomado yo.
Por eso soy innegociablemente de RAW.
Porque para mí revelar no consiste simplemente en conseguir que una fotografía se vea bien. Consiste en conseguir que se parezca a lo que yo vi, imaginé o sentí cuando hice la fotografía.
La cámara registra la escena.
Yo decido qué hacer con ella.
Y ahí empieza una de las partes que más disfruto de la fotografía: cocinar la imagen a mi manera.
Porque entre un plato ya preparado y tener los ingredientes sobre la mesa…
prefiero manejar yo el fogón.
¿Pillas la analogía?

